miércoles, 14 de noviembre de 2018

En el puente

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No soy como quien se sienta a cantar en las iglesias al estilo de fogón desafinado, ni tengo halo marxista de sentir que todo es pueblo en fiesta. Terminal sin ataduras, me pierdo entre gentío, y a veces sentado en desolado acantilado, amando la bruma y las mareas. Inquieta e incierta añoranza que voltea mi cabeza al cielo de la noche, para ver los búhos surcando estrellas.
En singular abismo me perfilo y a través de la niebla, soy quien salta al vuelo y en deslizante sensación, me contemplo debajo observando. Sucede igual algunos días. La puerta del laberinto se abre y ya no hay adentro ni afuera.
No hay grito que no escuche, pero mas me pueden las entrañas. 

A


Indeterminante

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Abismo me he vuelto, perdiendo paciencia a insidioso ruido. Buscando dentro. Alejándome de carcelera definición y deseo. Ya no mas vida sobre bases lisas. Todo viajero sabe que hablar de si mismo nos vuelve accesibles. Y nadie debería se accesible. Por eso tanta metáfora. Borrarnos del inventario colectivo, es borrarnos de quienes nos conocen. De quienes todo lo definen. De quienes cristalizan sus juicios con vómitos definitivos. Por eso escapar de las murallas mentales amerita volverse una columna, sin mas. Una lisa piedra, sin signos relevantes.

A


Columna

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Alzado como mástil y en intento vertical al simple rayo que bandera sostiene y en verdad corona. Simple Upanishad de barrio, de la noche y su tormenta. Que en esta cueva intercalados han deambulado, ángel y diablo. Al fin un día como un nenúfar flota comprensión en aguas de abrigo eterno. Invisible a ojos del feriante o de quien barren sus veredas. Observada aura por botón de cuadra y la seca que deambula, hasta que enfilando toda tensión en un momento, al punto de estallido; suena entonces la palabra, aquella que bendice o aquella que te acaba.
A


martes, 6 de noviembre de 2018

La Nada

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Hay días tullidos, quebrados. Devastados de raíz. A veces son semanas, meses. Establecen por si mismos reclusión. El contacto se pierde. A cabo de un tiempo no se siente dolor, ni por si, ni por nada. La soledad se vuelve compañera. Las penas ajenas llegan. Pero se evitan. Como se evita hablar de las propias. A veces por la noche visita una voz. Viene como una idea, como un sentido. Envuelve. Cobija. Acompaña. Es voz silenciosa. Ni siquiera es un susurro. Entra por la claraboya como un rayo de Luna. Pero no hay Luna. Al fin se vuelve única compañía. No hay mas. No se necesita mucho mas. Una mano tendida desde la nada misma, cuando no hay otras manos. El tedio se aleja. Y final, se aprende a respirar la inexistencia.

A


domingo, 4 de noviembre de 2018

Ciudad

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Que te ha andado de tan lejos y tan cerca. Que mis fantasmas y los tuyos se han unido. Horda en desamparo bajo luces en su abismo. Ya no te camino como siempre. Mis días ya no son los tuyos. El horror aquí ha hecho nido. Así contemplo tu fugaz figura, como aquello evidente que se ha ido. Me queda si, lo incierto y lo temido. Quizá, una breve pausa, y al fin, al exilio en otro abrigo.

A


domingo, 28 de octubre de 2018

Ítaca

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Trato de vencer mi ultima cobardía, aquella de escapar de un aroma o un reflejo sobre algo tan encarecidamente conocido, que es casi imagen de si. Aquellos que hablan de trascender todo, siempre advierten de la trampa de los sentidos. Que cual enjambre de sirenas desvían de la travesía hacia la mítica Ítaca. Pero yo, me se de cierta isla, con mechones de recuerdos de infancia, olor de barrio, misterio de terrazas en la noche. No puedo buscar sino, en aquello que un punto sublimo las penas de la infancia. El tiempo que ya debilita mi aire, trae algo mejor que aburridos cielos de átomos y órbitas de spin perfecto. Yo solo se que ahí, en tiempo de declive, aun puedo oler una sonrisa y ver al diablo en un ropero. El tiempo es un tirano cruel, pero el ojo de poeta superando recurrencias, sabe recortar momentos, asociar presentes. Ver desde cierta altura, sea con alas de ángel o asomado de algún balcón, desafiando perspectivas y hasta propiedades privadas en los sueños. Tan solo por ver con ojos de niño, cabellos como trigales en tu icono imposible, de la puesta de tiempo. Porque aquí no hay viejos navíos, ni quedan tranvías, en las vías desoladas. Así que tenso las velas de este barco viejo y fantasma que recorre las veredas donde siempre estuvo Ítaca.
Alex